Independiente arrasó 4-1 a Newell’s, pero el técnico confirmó su renuncia
Gioda, Sosa, Ríos y Fredes convirtieron los goles. Una multitud ovacionó al entrenador, de mala relación con los jugadores.
Ángela Lerena
Miguel Ángel Santoro ya lo tenía decidido antes de ganarle 4 a 1 a Newell’s: ayer renunció a su puesto en Independiente. Ni el último intento, desesperado, de Julio Comparada, que lo visitó en el vestuario en la previa del partido, logró torcer la voluntad de Pepé. Tampoco la gran producción del equipo en la segunda parte, cuando fue una tromba blanca contra el arco del pobre Peratta. Sin embargo, el encuentro completo parece darle la razón a Santoro: Independiente jugó muy mal en el primer tiempo. La goleada final sirvió, eso sí, para que el técnico que arriesgó su prestigio para cambiar los tiempos de vacas flacas pudiera irse despedido por una ovación de la tribuna.
Hasta el entretiempo, el local mostraba su peor cara; casi una máscara de terror. Los despejes de la defensa terminaban en los pies rivales. El Toti Ríos era tan voluntarista como exasperante: ganaba entre cuatro camisetas rivales, la pisaba, se sacaba hombres de encima, pero no acertaba un pase. Montenegro, devenido delantero, no tenía otro Rolfi que lo asistiera. Si bajaba a tomar contacto con la pelota, tampoco tenía un Rolfi atacante a quien habilitar. Era una versión montenegrística de la manta corta. Paradoja que el 10 intentó superar con un derechazo que se fue por un metro.
El que quedaba, entonces, de nueve, era el Chuco Sosa, que bastantes problemas tiene últimamente para cumplir su rol de delantero por afuera como para hacerse el Denis: de hecho, le quedó un cabezazo franco gracias a un centro de Mancuello y le erró al arco.
Todavía no se ha nombrado a Newell’s: los rosarinos fueron tan livianitos, tan inofensivos, que en la primera parte apenas pueden esgrimir un tiro libre de Salcedo como jugada de riesgo. Si Independiente era un manojo de nervios –única explicación para fallas en pases de cinco metros–, los de Sensini ni siquiera exhibían una emoción. Ver a sus hombres así habrá sido un golpe indigerible para el DT. Y eso que aún no habían llegado los goles.
Gioda abrió la canilla, al minuto del complemento. En su reaparición, después de cinco meses sin jugar por lesión, consiguió el primer tanto del partido: Mancuello ejecutó un tiro libre y Leandro ganó, como miles de veces en su carrera, de cabeza en el área. Fórmula previsible, y festejo previsible: los pulgares por encima de los hombros, señalando el 36 de la camiseta, como diciendo: “Yo, yo, lo hice yo”.
A los 7 minutos, Newell’s tuvo la última clara. Se la perdieron Armani y Salcedo. Y ahí, sí, el Rojo perdió los nervios, y los goles brotaron como en manantial: a los 22, Pusineri metió un gran pase al vacío para Sosa, y el delantero, esta vez, no falló. Dos minutos después, Newell’s arrimó el bochín y logró el descuento, a través del ingresado Formica, pero la corriente roja (vestida de blanco) ya era marea, y la Lepra no la pudo parar.
Si hasta Ríos gambeteó a medio Newell’s e hizo un gol de crack –y morfón– a los 27. Después llegó la hora de Fredes, que la metió en el ángulo de media distancia, y completó el 4-1. La cancha terminó hecha una fiesta, con despedida de la gente a Pepé y celebración de los goles que aparecieron todos juntos, en una noche. La multitud habrá intentado olvidar, con tanto grito, dos verdades dolorosas: el nivel futbolístico del primer tiempo, y el hecho de que Independiente, y su plantel, se fagocitaron otro técnico más. “Cuando la batalla es desleal, es mejor irse”, dijo el DT. Quedó claro a quien apuntaba.
Fuente: Diario Crítica




