El gol de Sand sentencia a Independiente. Queda tiempo, cerca de un cuarto de hora, pero lo que falta es espíritu. Claudio Borghi ya había hecho lo suyo y se la había jugado con cambios arriesgados, por lo menos desde los nombres y desde las posiciones. Los minutos transcurren con languidez, Independiente se debate entre la impotencia y sólo por el esfuerzo del arquero Assmann, Lanús no gana por más diferencia. ¿Cómo termina el cuadro? Con silbidos, reproches y la más concentrada incertidumbre. A la espera, en la sala de conferencias, una voz aguardentosa suena desde una ventana: “¡Andate, Borghi!”. La imagen de Independiente queda como una acuarela debajo de una tempestad. No se distingue nada, mientras todos se sienten fuera de la pelea por el título, a nueve puntos de San Lorenzo.
Por los usos y costumbres del fútbol argentino se piensa que la salida del entrenador sería la solución indicada. ¿Lo sería? Hum… En su momento, no funcionó con los alejamientos de Jorge Burruchaga y de Pedro Troglio, que trabajaron con la misma base del plantel actual de los Rojos. No se trata de aliviarles peso a los hombros de Borghi, que se equivocó y bastante, sino de encuadrar una situación en la que el grupo también tiene sus nítidas responsabilidades.
Los rasgos de confusión de Borghi se trasladan al campo, entre continuos cambios de estrategia, de sistema y de intérpretes. De a ratos, nadie parece sentirse cómodo. Ninguno. Alguna vez dijo que prefería a los especialistas en sus puestos. Nada de improvisaciones. Sin embargo, en algunos tramos de la competencia ubicó a Matheu y a Herrón como volantes por la derecha. Le gusta una defensa con tres jugadores y lo intentó, pero dejó en un segundo plano su convicción por la urgencia del momento. Aun con ocho refuerzos, no encontró una formación de la cual fiarse. Precisa un juego fluido, fresco, con sorpresa, aunque deja fuera incluso del banco de los suplentes a Patito Rodríguez, acaso el juvenil con más proyección.
El análisis es extensivo. Los brazos en la cintura de la mayoría de los jugadores dicen mucho. La fogosidad de Pusineri es un escueto argumento. Ni qué decir de los gestos de Montenegro… La adversidad parece superarlos. No hubo reacción en la fría noche frente a Godoy Cruz, en la que Burruchaga dijo adiós. Tampoco se advirtió rebeldía, amor propio, antes de la amarga despedida de Troglio, en San Juan, frente a San Martín. Las escenas parecen unirse con un hilo conductor. Extraña un líder, mientras se repasa las fotos de Gabriel Milito, acaso el último temperamental referente. Carácter. Precisa carácter.
Por Francisco Schiavo
De la Redacción de LA NACION
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